Las aves de rapiña a menudo se abalanzan en cuarteles sobre las olas que besan la orilla, son una serie de movimientos fríamente calculados los que permiten que estas escuadras emplumadas se precipiten apremiantemente a terrenos que no son su hábitat natural y donde sus habilidades de supervivencia aun son primitivas. No obstante, es una acción que vale la pena, abandonar las alturas para adentrarse en las lagrimas divinas suele ofrecer maravillosas recompensas.
Así es el efecto de esas aguas, sonidos biológicos se mezclan entre el viento y la espuma, alaridos mojados retumban sobre la orilla, bajo tus pies, los restos del ayer se deshacen en huellas irregulares, los segundos que vas dejando atrás agonizan entre conchas y minerales dormidos, que esperan, solo aguardan la exhalación espumeante que los arrastrara a otras latitudes, el ondulante flujo de este caldo mineral disuelve tus utopías, las ahoga en saladas corrientes de aire que se van evaporando a medida que silenciosamente bajo tus plantas se va escondiendo el astro cómplice de este trance.