Aquella tarde de domingo, su rostro brillaba como un relámpago sobre una oscura tormenta de nubes precipitadas
el sol golpeaba su delicada piel y la mostraba tal como era, imperfecta, desvelaba sus pecas que como pequeñas
manchitas se asomaban bajo sus parpados y resbalaban la montaña de su nariz. Vaya, que esta mujer era una obra
de arte, una bella creación de la naturaleza, bella y venenosa.
Que tipo de hechicería era esta que actuaba sobre él de formas ignominiosas, era un tremendo desespero que se
apoderaba de si mismo, de sus pensamientos, de sus emociones, de su actuar, desde que la conoció no volvió a tener
paz, se sentía perdido, extraviado en la geografía de sus formas, en el relieve de sus palabras, en el universo de su
nombre. Vaya, que se encontraba en un tremendo lío.
Ella no le convenía, eso le decían sus conocidos y allegados, que con preocupación notaban su cambio de
comportamiento, las noches no eran noches, los días se decantaban en evocaciones tardías, las horas se confundían
entre melodías sin eco, tragos oscuros y segundos amargos que hostigaban su zona de confort. Él debía huir, por su
salud, lo mejor que podía hacer era fugarse de esa ilusionista sin avisar, pero siempre fue muy terco, creía estar
acostumbrado a quemarse con el fuego, aún sabiendo el daño que le ocasionaría, lo que ignoraba por completo era que
ella desprendía una llama tan poderosa que al contacto con el aire producía reacciones alérgicas, consumiendo al incauto

No hay comentarios:
Publicar un comentario