lunes, 18 de mayo de 2015

Dulces amaneceres

cuando cerraba los ojos lograba verla con claridad, escuchaba la marejada en sus pupilas, me deleitaba con los
sabores tropicales de su piel, el aroma a cerezas anacaradas invadía la atmósfera circundante y sentía como si ella
estuviera a mi lado, recostada sobre mis piernas mientras yo jugueteaba con sus cabellos, siempre me gustó la forma en
que ella reía, expulsaba una risa que empezaba con unos leves monosílabos y poco a poco iban trasformándose en una
inocente carcajada burlesca, oprimía sus parpados y sacaba la lengua, como disfrutaba yo de ese
momento en que ella reía, sentía como se iluminaba la habitación entera y mis problemas se evaporaban, todas mis
preocupaciones se escapaban con esa carcajada pintoresca, salían por la ventana, por los sifones, por el desagüe y
viajaban con el viento, lejos, lejos de esa habitación perdida entre arboles y oxigeno dulce.
Recuerdo que durábamos días enteros recostados en la hamaca o en la cama, viendo películas con luz tenue, cortinas
cerradas, y eramos solo ella y yo, abrazados, se terminaban las palabras entre los dos, intimábamos de una forma tan
cándida, que nuestros cuerpos desnudos no representaban nada, lo sublime de estar juntos se reducía a sentir sus
respiraciones sobre mi boca y volar mientras veía como poco a poco ella cómodamente iba encontrando la posición
pertinente para entregarse al sueño. A excepción de unos breves intervalos de tiempo en que cualquiera de los dos se
hincaba y se dirigía a la nevera por insumos para apaciguar nuestras primarias pulsiones humanas, generalmente era
ella la encargada de traer un vaso con agua o alguna fruta, mientras yo desde mi privilegiada posición admiraba el
movimiento de su silueta desfilar por ese espacio que ya se había convertido en poco tiempo en nuestro espacio, y no me
incomodaba para nada compartirlo con ella, ese espacio que sabiamos que pronto caducaría, que agonizaba con cada
noche que pasabamos juntos entre sabanas conversando y regalandonos saliva y azucar. La mayor parte del tiempo que
permanecía en la cama soñaba con los ojos abiertos sintiendo esa incandescencia pasional que brotaba de sus células,
dejandome contagiar por esa extraña electricidad que ella desprendía de si, aquel calor incandescente y pueríl que ella me
entregaba sin condiciones hacía que este hombre con infulas de escritor terminara por rendirse ante sus encantos
adolescentes. Así que mi estrategía consistía en prolongar el tiempo con ella lo más que podía, trataba de exprimirle
los segundos a un viejo teléfono celular que era nuestro referente horario, en esa agonizante danza del tiempo, sé
que ambos disfrutamos de la compañía energética que nos brindabamos, así pues, dos extraños en un pueblo "x", eran
ahora más que personas cercanas, seres que convivían con las realidades del otro.
Es curioso como la vida se encarga de juntar a dos personas y las vuelve a separar caprichosamente, sin embargo lo
realmente valioso es que disfrutamos el uno del otro mientras pudimos, por lo menos yo me gocé cada beso, cada sonrisa,
cada charla trivial y cada despedida. Debo confesar que por mi carácter algo disperso sumado al embelesamiento que
ella me generaba poca atención le prestaba a las palabras, es más muchas veces no sabía ni de que hablaba pues me
encontraba en una especie de trance escaneando cada minúscula parte de su cuerpo, no quería perderme ni un
solo detalle de su fisionomía, la observaba detenidamente mientras saboreaba el bálsamo remanente de sus besos
que poco a poco se secaba en mis labios.
Sin duda lo que más recuerdo de ella era su peculiar forma de reír, algunas veces parecería que iba a convulsionar,
pero eso no era ningún problema pues ahí estaba yo presto a ofrecerle los primeros auxilios, esa bendita sonrisa de
niña consentida es la que hoy traigo a estas hojas para arrebatarle ese gesto de alegría esta mezcla de letras, una
sonrisa ojos espichados y una partecita de la lengua asomando por un lado de sus labios.
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