Siendo las 17:01 del día treinta de marzo del año en curso, Alfredo se cansó, agotado de esa constante lucha que libraba
contra si mismo y de escribirle a sus desamores e ilusiones inconclusas, se detuvo un momento ante la inefable rapidez de
hechos que gobernaban su existencia. Ya tenía la cura a los males que lo aquejaban y estaba decidido a aplicarla.
Decidió matar a rosario, para emprender esta empresa, tomó un viejo bolígrafo una roída hoja de papel amarillento que
encontró en su nochero con unas antiguas direcciones y se apresuro a escribir, simplemente escribió lo que secretaba por
sus poros, escribio tanto y de tal forma que para cuando termino a las 21:32 ya no había rosario en su mente, la había
trasmutado a esa hoja de papel, la catarsis fue tal que al terminar, una lagrima bajo sobre su mejilla y agonizo en ese
artículo mezclandose con la endeble tinta que castigaba esa inocente hoja.
Exhalo, leyó en voz alta lo que había escrito, se puso en pie, tomo un cigarrillo del bife, la guardo a ella en su bolsillo, salió
a un abandonado parque que se tendía a pocas cuadras de su casa. Sacó de su billetera una bolsita con
cannabis que lo acompañaba casi todas las noches, tomo la hoja en sus manos, hizo unos pliegues y los rasgo
delicadamente con sus labios humedecidos de nostalgía, y finalmente armó un cigarrillo con rosario. Realmente fueron
dos, se tomó su tiempo y con la mayor parsimonia del caso se fumo dos cigarrillos, uno tras de otro, fundio estas letras
con el aire y los envio directamente a sus pulmones, en dos tabacos, se fumó a esta mujer, y cada vez que aspiraba,
sentía como se desprendía de ella, la redujo a cenizas que enterro en esos segundos aletargados y vacilantes, fue un vil y
calculado crimen, la había evaporado de su vida, al terminar la ultima expiración de aire rosarino se percato que en ese
momento de luto, algo dentro de sí estaba empezando a renacer, ella ya no existía más. No para él. No como la conocía.
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